La tercera

O un mini relato revisionista de mi historia migratoria

Advertencia a l_s lector_s: este texto es catártico y escrito en el contexto de la cuarentena que me toca vivir en Madrid, en el que hablo de mis experiencias personales como migrante y lo que ello pone a prueba. Puede que no les interese ya que no hablo de UX, ni de user research, o afines. O tal vez sí, porque detrás de todo trabajador hay una persona con su historia, identidad, pensamientos, y sentimientos atravesada por vivencias.

O Canadaaa.

En un principio iba a ser Canadá, de lo flashada que quedé a los 8 años cuando viví en Toronto, ¡cómo idealizaba ese lugar! Luego, un día, ya de grande, se me hizo demasiado blanco, demasiado inocentón (no sé si cabría un naive), demasiado polite, demasiado *bruto eructo* y un oops! Ya no era un lugar donde me viera viviendo. Algo de lo latino — de lo que no me puedo enajenar — estaba ausente.

Cuando pronuncies Berlín, sonrreí.

Coqueteé con Berlín, haciendo un llamado a la contradicción de la “necesidad latina”, fui solo unos días en dos ocasiones distintas, de vacaciones y luego a una entrevista de trabajo, pero en un ejercicio de escuchar mi gut-feeling, mi corazonada. Ese lugar de lo irracional-sentimental que a veces modero en pos de la emergencia de la razón/racionalidad. Y me sorprendió que esa ciudad donde pasé mucho frío y todo era en gris, blanco, negro, y a veces algún que otro color chillón, donde sonaban sílabas entrecortadas y muchas pero muchas consonantes juntas, kraftwerkeando una lengua… Y sin embargo me las apañaba con los Hallo, wie gehts? Danke schön, eine hasse schokolade, bitte, Ich spreche Deutsche nicht, etc. Quizá podría vivir allí, quizá algo de mi Fink haya allí. 3/4 de Europa del Este y 1/4 de Medio Oriente, según mi ascendencia. No sería fácil, eso lo tenía por seguro. Pero lo que en apariencia se presenta como contradicción no es más ni menos que la historia migratoria de mi familia de judíos exiliados en la diáspora.

¡Enhorabuena! Bienvenida a Madrid.

Y acá sí que hubo judíos, que también expulsaron. (¿Será este un retorno?)

  • Desarmé la que fue mi casa en los últimos 5 años en Buenos Aires.
  • Dejé una relación de pareja, a pesar del amor.
  • Tuve que lidiar con el estrés pre-viaje, que fue poderoso.
  • Al llegar a Madrid, no entendía de los tiempos y a mi cuerpo le tomó más de dos semanas reacomodar mi bioritmo. De mi psiquis me ocupo yo y mi analista que me va acompañando, pero que se tomó dos semanas de vacaciones desde la siguiente semana que llegué. Un genio igual el tipo.
  • Pasé de vivir sola en Buenos Aires a convivir con una compañera de piso en Madrid. Nos llevamos re bien por suerte, pero alto cambio también.
  • A la semana de haber llegado y “desensillado” en el departamento, nos mudaron con solo tres días de aviso. A un lugar más chico, más lejos. Y sin poder elegir.
  • Continué con el estrés post-viaje. Ya era mucho, y producto de ello, me inmunodeprimí. Tuve una infección que me tomó casi 20 días de antibióticos sanar. Y así fue como incursioné en el sistema de salud local, pero gracias a la cautela que tuve de contratar un seguro de asistencia al viajero, que con su burocracia y letra chica me bicicleteó igual.

Alta bienvenida.

Pero, ¿qué parte de migrar es fácil? Migrar no es transportarse de un lugar a otro y nada más

Baruch de Spinoza (1632–1677)

“Hay que ser lúcido para ser fuerte, fuerte para ser útil, y útil para ser feliz.”

Algo de ese savoir faire se “activa” en situaciones traumáticas como una migración (el nacimiento, una mudanza, y el duelo son situaciones traumáticas que ocurren a lo largo de la vida). Y de nuevo, en el mejor de los casos. Ese “mejor de los casos” implica un registro de lo estructural y lo simbólico como recurso psíquico para poner a laburar eso que escuchamos nombrar como la resiliencia. Esa capacidad de resignificar la adversidad en una oportunidad, poder elaborar lo que se presenta como una realidad y no “quedarla” en en el intento. No es otra cosa que la capacidad de adaptarse al cambio y así tolerar mejor el estrés. No hay tips ni recetas para esto. Se nace con, nos crían con y desde — el afecto — o esa carencia será el padecimiento, de no poder adaptarse, la incapacidad de resiliencia. Los neurocientíficos dirán que se debe a la química del cerebro y cómo esta incide en mantener el equilibrio emocional ante la adversidad.

Escribo sobre alguna variedad de temas | Strategist + Design Researcher | Antropología aplicada → innovación

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